Hoy es el Día Internacional de las Bibliotecas. Una fecha para celebrar el conocimiento, la lectura, la cultura… salvo que vivas en San Fernando, claro. Aquí tenemos dos “bibliotecas”, aunque lo de llamarlas así es un acto de fe, casi un ejercicio de realismo mágico.
La primera, la Luis Berenguer, lleva más de cinco años sin bibliotecario. Sí, cinco. Un lustro sin que nadie te pueda prestar un libro. Una biblioteca sin préstamos es como una panadería sin pan, o un colegio sin niños. Lo que tenemos, en realidad, es una preciosa sala de estudio llena de libros que nadie puede tocar y un vigilante de seguridad que, si quisiera, podría ser ya doctor honoris causa en silencio sepulcral.
La otra, la de la calle Gravina, tiene una sola bibliotecaria. Una heroína solitaria que, cuando se pone enferma, coge vacaciones o simplemente llega el viernes por la tarde, deja el testigo al guardia de seguridad. Él también custodia los libros, aunque no pueda dártelos.
Guardias sí hay, cultura no tanta.
Hace cuatro años escribí sobre esto. Desde entonces, nada ha cambiado, salvo que mi hijo ya no me pregunta si hoy podremos coger un libro. Antes tenía esperanza, ahora tiene consola.
He hablado con la señora alcaldesa, con concejales, con concejalas, con quien se ha dejado. Todos me han dicho lo mismo: “Estamostrabajandoenello.”Y lo dicen con la serenidad de quien sabe que, si no se hace nada, tampoco pasa nada.
Eso sí, cuando el club de fútbol local estuvo en peligro, la maquinaria municipal se puso en marcha: comunicados, fotos, lágrimas, emoción, promesas. Qué bonito fue aquello. Si la cultura tuviera una portería, seguro que ya habríamos fichado a media plantilla de bibliotecarios. Pero como los libros no meten goles ni dan votos, ahí siguen: mudos, cerrados y bajo custodia.
Y pensar que esta ciudad fue el cortafuego que frenó la entrada de las ideas de la Ilustración… Menos mal. No vaya a ser que nos contagiáramos de eso de la razón, el pensamiento crítico o la libertad. Ya entonces nos aseguramos de mantener a raya las ideas ilustradas; hoy seguimos fieles a la tradición, impidiendo que los niños descubran los libros.
Quizás algún día contraten a alguien. Entonces, por supuesto, habrá foto, titular y cinta inaugural. Porque si algo les gusta más que la cultura, es aparentar que la apoyan.
Y cuando alguien vuelva a preguntar por qué seguimos sin bibliotecarios, ¿saben qué le responderán, verdad?
Felipe Muñoz Natera



