El otro día hablando con mi buen amigo y hermano Dani González Novella me hizo una puntualización que os tengo que confesar me ha hecho pensar y mucho. Estábamos hablando sobre el presente que tanto Hetepheres como yo estábamos viviendo y los proyectos que tenemos, si así Dios lo quiere, a medio plazo. Él por supuesto me escuchaba con suma atención y fue entonces cuando me especificó la diferencia de estar o vivir visto desde el prisma de nuestra circunstancia personal.
Y es verdad porque estar en un lugar no es vivir en él. Puedes residir en un sitio, ya sea de forma permanente o temporal, pero eso no quiere decir que estés integrado en el mismo, convives, pero no tienes sentimiento de vecindad, estás, pero eso no quiere decir que te integres ya sea yendo a un restaurante, quedando para hablar, llamar por teléfono, interesarte, participar activamente en las tradiciones, así como eventos culturales, fiestas, ferias o procesiones. No, solamente estás y no te sientes parte de un todo que te rodea. Esto suele suceder no tanto por un enfoque de vida o decisión personal sino por causas ajenas que han motivado que no estés integrado en la vida del lugar simplemente porque así te lo han mostrado una parte significativa de los que allí viven en realidad.
Vivir es estar plenamente identificado a un lugar donde te sientes feliz, integrado, se crea un buen ambiente a tu alrededor, te saludan de corazón y no simplemente por educación, el que la tenga claro está. Eso te hace ser uno más, sentir que perteneces a ese trocito del inmenso planeta tierra, que aun no siendo de allí te han acogido con los brazos abiertos haciéndote sentir en casa y saberte rodeado de una familiar vecindad donde todos están para todo. Vas al bar y eres uno más, conversas con tus semejantes, participas en la vida social, cultural, religiosa, así como de las tradiciones, formas parte de las instituciones y asociaciones que sean más afines a tus aficiones o forma de pensar.
Claro esto es doblemente doloroso cuando habiendo vivido en primera persona en un sitio donde eras inmensamente feliz y que, por culpa de terceras personas, de esos advenedizos como diría mi buen hermano Ángel Revaliente Domínguez. Estos que son capaces de destrozar tu vida y la de los tuyos sin despeinarse, difamando a la víctima y su familia para salvar sus manchadas imágenes, que nunca más serán restituidas de la iniquidad que sin escrúpulos han sido capaces de cometer. Ese será el triste epitafio final de sus miserables vidas.
Cuando todo se quiebra y sientes en tus propias carnes que sin comerlo ni beberlo ya no formas parte del lugar donde has vivido los últimos tres lustros porque así una parte de la vecindad te lo hace sentir con el silencio y frialdad cuando llegas o pasas, con rictus serio cuando te los encuentras por la calle. No se puede generalizar, una parte no mayoritaria que ha apoyado desde el principio se ocupa y preocupa que sientas su apoyo y cariño en tan difíciles momentos. Mención aparte tienen las autoridades municipales que deberían plantearse sin en verdad sirven a la Constitución y el ordenamiento jurídico o a lo que interesa en cada momento. En fin, allá ellos…
En la actualidad, y eso no debe sorprender a nadie, estamos, pero no vivimos en el lugar donde tenemos fijada nuestra residencia. Es mantener un equilibrio entre lo importante, que está de puertas para adentro de la casa, y lo de fuera que nos interesa cada vez menos.
Pero de todo, a pesar de los pesares, hay que sacar conclusiones positivas, hay que renacer de las propias cenizas, cual ave fénix, luchar por todos los medios para vivir en plenitud. Estamos inmersos en muchos y deseados proyectos, los ponemos en manos de Dios, y si estos llegan a materializarse nos ofrezcan una vida mejor y más feliz.
Jesús Rodríguez Arias


