Este domingo voy a escribir de un tema que desgraciadamente sucede más de lo que pensamos, aunque muchos, por las propias connotaciones que conlleva, quieran silenciarlo.
Os hablo del suicidio de miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado.
Cada año, decenas de agentes de la Policía Nacional y la Guardia Civil se quitan la vida en España, en un contexto marcado por la presión laboral, el intenso desgaste emocional y el acceso a armas.
Más de doscientos policías y guardias civiles se han quitado la vida en los últimos siete años. Si hablamos veinte años para acá, de los últimos veinte años, esta cifra aumenta hasta los quinientos cincuenta.
Nada más refiriéndonos a estos datos, se puede decir que se ha convertido en la principal causa de muerte no natural en las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado.
Las asociaciones profesionales, tanto de la Policía Nacional como de la Guardia Civil, exhortan la necesidad de que se haga un estudio profundo para ver las causas y prevenirlas.
El psicólogo Daniel López Vega es claro cuando afirma que se puede y se debe informar de los suicidios.
En España y en muchas otras sociedades, hablar de suicidio es tabú, por lo que siguen existiendo barreras importantes, aunque se está ante un problema de salud pública y como tal debería abordarse.
El tabú que existe alrededor de estos hechos hace que los mismos sean silenciados y se intente atribuir a problemas familiares, en la pareja u otras motivaciones. Estas se pueden ver como las causas del suicidio y no parte del camino que ha llevado a la persona en cuestión a tan fatal desenlace.
No olvidemos que los miembros de las FFCCSE viven situaciones límites que afectan a su vida profesional y personal. Aunque existen planes de prevención y atención psicológica, el problema persiste.
Lo que está claro es que las cifras de suicidio en la Policía Nacional y en la Guardia Civil superan la media de la población general; la tasa de suicidios en la población general se sitúa en España en torno a diez por cien mil habitantes.
Como antes me he referido, la naturaleza de la profesión policial, con exposición constante a situaciones de alta tensión, violencia y trauma, ejerce una presión psicológica extrema que no siempre se aborda de la manera adecuada. La salud mental en este ámbito tan específico se considera una cuestión de “máxima urgencia”.
Aunque el Ministerio del Interior ha asumido este delicado tema con el plan de promoción de la salud mental, equipo de intervención psicosocial, una línea de atención psicológica 24 horas, protocolos, formación, colaboración, estas medidas son insuficientes a juzgar por la evolución posterior de los datos.
Las asociaciones profesionales de ambos cuerpos piden:
Recursos limitados: Los sindicatos argumentan que la plantilla de psicólogos y los recursos del Gabinete de Intervención Psicosocial no son suficientes para cubrir al cien por cien la atención.
Falta de formación preventiva: Se demanda una formación más especializada y obligatoria para todos los agentes, especialmente para los mandos, con el fin de que puedan identificar las señales de alerta y gestionar de manera adecuada a sus equipos.
Estigma y barreras: Persiste un estigma en el colectivo policial que dificulta que los agentes busquen ayuda psicológica por temor a consecuencias profesionales, como la retirada del arma reglamentaria o la exclusión de ciertos puestos.
Se da la circunstancia que en la distribución territorial presenta a Andalucía como la comunidad autónoma con más casos documentados.
El suicidio en las Fuerzas de Seguridad arrastra en España décadas de invisibilidad institucional. Hasta bien entrado 2010, ninguno de los dos cuerpos contaba con protocolos específicos de prevención equiparables a los de otras fuerzas europeas.
Recomiendo leer la entrevista que le hizo Fernando Pérez Ávila a Alberto Martín, ertzaina jubilado que dirige desde Sevilla la Asociación Preventiva del Suicidio Policial. Esta se publicó el 25 de agosto de 2025 en Diario de Sevilla.
Alberto Martín fue ertzaina durante más de dos décadas. Iba para jugador de fútbol y destacaba en la cantera del Athletic Club de Bilbao, pero renunció a este sueño el día que vio cómo moría quemada la madre de un amigo. Se hizo policía y entró en la fuerza autonómica vasca, donde desempeñó tareas muy complicadas en los años de plomo. Fue el enlace de la Ertzaintza con la familia de Miguel Ángel Blanco. Sobrevivió a un atentado y, por prescripción médica, recaló en Sevilla. Los médicos le recomendaron vivir en una ciudad con un clima cálido y seco. Aquí fundó la Asociación Preventiva del Suicidio Policial, con la que ayuda a policías que han pensado quitarse la vida.
A la pregunta de qué puede hacer un policía cuando piensa quitarse la vida, Alberto Marín contesta:
“Los protocolos siguen siendo los mismos Llamar al 024, que es casi un teléfono de la esperanza. Es un teléfono que el Ministerio del Interior concedió a dedo a la Cruz Roja y prácticamente se ha convertido en un centro de atención telefónica. A veces lo coge una persona que tiene una cualificación y otras veces no. Si llamas, viene una ambulancia, te recogen, te llevan a un hospital y se acabó.”
Las Fuerzas de Seguridad son también un reflejo de lo que pasa en la sociedad, pero que al tener un arma de fuego es más fácil llegar al suicidio.
“Es lo que se llama una acción explosiva. Hay mucha gente que tiene depresiones, problemas de salud mental. Un tanto por ciento elevado de los suicidios son acciones explosivas, por una noticia o situación que no sabemos gestionar de forma correcta y buscamos la primera herramienta que tenemos a mano, que es el arma de fuego, ya sea reglamentaria o particular. Con esas armas se cometen el 72% de los suicidios en la Policía.”
¿Cuánto influye la peculiaridad del trabajo policial en los suicidios?
“Influye casi en un 90%. Por la turnicidad, falta de formación, falta de reconocimiento a esa labor extraordinaria. No nos olvidemos de que los policías y los servicios de emergencia, cuando hay una catástrofe, corremos siempre en dirección contraria al resto de la ciudadanía. Y lo hacemos con vocación de servicio público”.
A la pregunta de cuál es la ratio de psicólogos por policía, Marín contestó de esta manera:
“En España son cinco psicólogos por cada 100.000 habitantes. En la Policía hay un psicólogo por cada 1.000 policías. Esto habla por sí solo. Como mucho, puede atender a un agente tres veces al año. No puede hacer nada más. Y para la ciudadanía en general es igual. Lo que quiere decir que, o tienes dinero, o te ves condenado a la química milagrosa, lorazepam o diazepam…”
En esta entrevista también se informa que solo hay dos psicólogos especialistas en el ámbito policial. Uno es Fernando Pérez Pacho, psicólogo clínico doctorado en psicología policial, y Alfonso Sáez de Ibarra, que trabaja para la Ertzaintza.
Pero los datos, números, son siempre fríos y lo que nos acerca a ver con claridad el verdadero drama que supone este problema son las experiencias vividas por familiares de quienes un día decidieron poner fin a su vida.
“Mi marido nunca traía el arma a casa, pero aquel día la trajo”. Habla la viuda de un policía de un hecho que cambió sus vidas para siempre y que sucedió hace unos tres años. “Junto a mi hijo llegamos a casa y asistimos a la escena más terrible de nuestras vidas”. Solo fueron capaces de ver, sin tiempo a reaccionar, el arma bajo la barbilla, la detonación, la muerte, el horror y el silencio.
Se dan las circunstancias de que se analiza, estudia, propone las causas que llevan a una persona al suicidio, pero por hache o por be siempre es silenciado.
Pero creo que la mayoría no nos damos cuenta del efecto y el dolor que produce a los familiares del suicida. Este hecho en cuestión es capaz de arrasar el entorno y crea un brutal sufrimiento a su familia, ya que crea un devastador desequilibrio.
Recomiendo escuchar la conferencia que impartió el psiquiatra José María Jiménez.
Los duelos por suicidio de un ser querido tienden a convertirse en crónicos en más de un cuarenta por ciento si no se les presta atención personalizada. Los familiares se hacen preguntas, tienen angustia, no saben abordar un acontecimiento tan inesperado, lo que produce tristeza, desconcierto, frustración, fantasías, de qué habré hecho mal, así como pensamientos obsesivos.
La principal losa que les cae encima a quienes sufren un suicidio en su hogar es el sentimiento de culpabilidad, así como el sentimiento de fracaso, no haber percibido las llamadas de atención que puede haber querido expresar la víctima.
Se debe calibrar el grado de sufrimiento en una familia, detectar el sentimiento de culpabilidad prestando una atención especial a los niños.
Como dicen los expertos, el suicidio es un síntoma de que ha sufrido una enfermedad. Lo que hay que dilucidar, por medio de los especialistas, es cuáles son las causas que le han llevado a tomar esta drástica decisión.
El duelo se hace porque falta el ser querido y no por la muerte que en sí haya tenido.
Y finalmente, dar tiempo al tiempo, intentar transmitir serenidad porque eso les hace bien a los hijos a la hora de asumir la muerte de su padre o madre, así como intentar no cerrar duelos en falso.
Lo más conveniente es que la familia de un suicida se ponga en manos de especialistas para que los ayuden a sobrellevar tan angustiosa situación. Las personas de fe, amén de los profesionales de la salud, tienen esperanza en Dios, aunque no comprendan nada, y la ayuda de sacerdotes.
He hablado, como es lógico, con miembros de las FFCCSE y todos coinciden en que llevan sobre sus hombros una importante carga emocional que muchas veces no saben aliviar; me explican que se habla mucho de las causas, pero no se dilucida de dónde puede venir el problema.
Y es que no hay un perfil concreto del policía que se quita la vida, sino que cada caso es diferente y hay que estudiarlo.
El silenciarlo no es ningún remedio. Gracias a Dios, cada día se acalla el silencio con páginas como Predepol – Zero Suicidio Policial de la asociación de miembros de las FYCS de distintos puntos de la geografía española, psicólogos expertos en emergencias y suicidios, preocupados por el alto índice de suicidios en las FYCS.
No ha sido fácil escribir de un tema como este. Sé en primera persona lo que se siente tras un intento de suicidio de una persona cercana y querida. En nuestro caso se salvó y nunca más tuvo más pensamientos de este tipo, aunque le quedaran graves secuelas.
Sé del sufrimiento, desconcierto, las eternas preguntas que te destrozan. ¿Qué he hecho mal? No he sabido comprender nada. No me he dado cuenta del dolor que sufría. Y aunque hayan pasado más de treinta años, al escribir este artículo se me ha venido a la mente todo el dolor sufrido.
Por eso sería recomendable que no intentemos silenciar esa angustiosa voz que clama en el desierto. Desde el Ministerio del Interior, también el de Sanidad, así como todos y cada uno de los miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, deben ponerse todas a una para que se mitigue este mal, que está acechando a los cuerpos policiales y, por tanto, a sus familias.
Jesús Rodríguez Arias







