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La Opinión de Jesús: «Mi padre»

Mi padre

A ver cómo se va desarrollando este artículo porque lo tengo pendiente hace ya demasiado tiempo. Prefiero hacerlo ahora, aunque las palabras anden revoloteando por los recovecos del alma. 

Escribir sobre su persona es cuestión de honor, el mismo que me dejara a modo de vital código antes de morir. Hacerlo de quién casi no tengo recuerdos suyos pero que me he preocupado en conocerlo por el testimonio de vida que dejó impregnado en los demás. 

Conversaciones con mi madre me ayudaron mucho a comprenderlo. Hombre bueno, generoso, amable, de aspecto serio, aunque esa impresión cambiaba en las distancias cortas. Desde muy joven se vio abocado a cumplir con su deber como hijo, hermano, también con su Fe y Amor a España. 

Sus padres, Antonio y Lola, fueron de ese tipo de personas que se entregan a los demás. El cabeza de familia regentaba “La antigua Casa Tobías”, lo que fue posteriormente Almacenes Blanco en la calle Rosario de San Fernando. Mi abuela era maestra en la Compañía de María. Pudiendo ser una familia de posición acomodada económicamente, aunque en verdad era todo lo contrario pues mi abuelo vendía ropa a las personas más necesitadas, obreros e hijos de estos, lo que antiguamente se llamaba el proletariado, a precios más bajos y pudiendo pagarlos a plazos, aunque al final quedaba más de una letra colgada siendo incapaz de reclamarla. Mi abuela daba clases gratuitas por las tardes a los niños que no se lo podían permitir. 

Con los valores de entrega a los demás vivió su infancia y juventud. Mi padre siempre quiso ser marino, su sueño era ingresar en la Escuela Naval Militar que estuvo radicada en San Fernando hasta el 15 de agosto de 1943 que inauguró su enclave en Marín. 

Pero los sueños, en demasiadas ocasiones, sueños son…

La temprana muerte de su padre con la posterior desaparición del negocio familiar que tuvo que cerrar porque no generaba ingresos suficientes ya que la ropa que él vendía a los más necesitados en raras ocasiones permitía que se la pagaran dada la escasez económica en la que vivían muchas familias.

Mi padre, supo tragarse sus ilusiones, y trabajaba para llevar dinero a casa ya que con el sueldo de maestra de su madre no llegaba para sustentar a ella y sus hermanos.

Decide que su vida estaría encaminada a servir a los demás formando parte de la primera promoción de la Escuela General de Policía, Grado Profesional, de 1947 saliendo con el empleo de Inspector.

Ya por aquél entonces era novio de mi madre. Tengo fotografías de ellos paseando por la calle Real pudiendo comprobar con mis propios ojos que conformaban una preciosa pareja.

Su primer destino fue Guinea Ecuatorial, después fue formándose en otros lugares hasta llegar a la Comisaría de Cádiz.

Mis padres se casaron en 1959 y tuvieron cuatro hijos, el último quién esto escribe y con muchos años de diferencia del resto.  El 11 de diciembre de 1969 nacía un niño con más de siete kilos y medio amén de una estatura superior a los demás. El nombre que habían escogido para su cuarto vástago sería era el de Cesáreo Félix, que así se llamaba mi abuelo materno, pero no fue así ya que mi madre sufrió varios abortos y cuando llegué, casi inesperadamente, cambiaron de opinión poniéndome Jesús. Tengo el honor de haber sido bautizado en la Iglesia Conventual del Carmen, es decir, que soy carmelitano de pila.

Salvo el viaje de luna de miel poco más pudieron hacer. La vida en nuestra familia siempre giraba en torno a mi padre ya que salía muy temprano de casa y volvía a la misma cuando era de noche. Se vivían otros tiempos y las ausencias, por acto de servicio, de un policía siempre han sido y son difíciles de sobrellevar.

En mi último libro titulado “de corazón azul” que está dedicado a la Policía Nacional, dedico el último capítulo a los recuerdos que mantengo invariablemente en el pensamiento sobre la figura de mi padre, el pilar donde este se sustentaba que era mi madre y sus hijos. La familia para un policía es algo más tal y como recordó el comisario principal Santos Bernal Uceda, que se retiró el pasado 29 de octubre, en el discurso del Día de la Policía celebrado el 1 de octubre en el Hotel Atlántico de Cádiz.

“Ser Policía no es solo un uniforme, una salida profesional, un periodo de servicio, es una forma de entender la vida, de vivir con orgullo y disciplina, con compañerismo, servicio, lealtad y amor a España. 

Todo esto no podríamos llevarlo a cabo sin el apoyo de nuestras familias y, de esa gran familia que es la Policía Nacional”.

El comisario principal Santos Bernal Uceda y el comisario Luis Rodríguez Rodríguez, ambos retirados, por su forma de entender este noble oficio, me recuerdan muy mucho al que junto a mi madre me dio la vida.

Mi padre ostentó cargos de responsabilidad y eso hizo que fuera una de las personas influyentes en la provincia de Cádiz, aunque él no se lo creyera porque bien sabía las vueltas que da la vida.

Si puedo decir, con verdadero orgullo, que hizo todo el bien que pudo. Era famoso en los interrogatorios pues podría pasarse horas con un detenido y con las pruebas y las palabras hacer que este declarara. Uno de esos presos que cumplía condena en el Penal del Puerto le hizo un regalo por medio de una preciosa maqueta hecha con sus manos del Juan Sebastián Elcano a modo de gratitud por lo bien que se había portado con él.  Un día paseando por San Fernando, a la altura de la Plaza del Rey, se me acerca una señora y me pregunta: “Usted es hijo de Juanito Rodríguez”, le contesté que sí. Entonces me contó entre lágrimas una historia que me demostró una vez más de la pasta que estaba hecho mi padre.

“Poco antes de que muriera Franco, mi padre junto a mis hermanos fueron detenidos por pertenencia al Partido Comunista. No se puede imaginar lo que eso supuso para nuestra casa. Entonces mi madre, consiguió que le hicieran llegar la noticia de esa detención. Cuando en casa el dolor por la incertidumbre y por la situación que estábamos viviendo nos llenaba de pesar, se abrió la puerta y vimos como entraban nuestro padre y hermanos que habían sido detenidos. Fue su padre el intercedió por ellos. Salvó a una familia de la ruina y mientras vivamos nunca lo olvidaremos, le estaremos eternamente agradecidos. ¡Lástima que Dios se lo llevara tan joven!” Me dio un beso y prosiguió su camino.

¿Decidme si no se puede estar más orgulloso?

Julio Sanles, fue su compañero y amigo, hasta el final. Cuando llegaba el verano mi padre se reservaba julio para las vacaciones, sustituyéndolo Sanles en su puesto, mientras en agosto era a la inversa. 

Con algunos ahorrillos y préstamo mis padres hicieron realidad su sueño, de adquirir un terreno y hacerse una pequeña casa en una zona cerca del Campano (Chiclana de la Frontera) la cual era conocida como Llano de las Maravillas. Los mayores y mejores recuerdos se dieron allí, en “Niño Jesús”. Hago memoria y veo a mi padre con una camisa blanca y pantalón corto sembrando almendras para que germinaran y se hicieran árboles, rosarios, geranios, regando, arando la tierra, paseando junto a mi madre por el pinar cercano, jugando con todos nosotros, acariciando a Toby, nuestro perro, uno que vino un día y se quedó para siempre. Algunas veces íbamos a la playa de la Barrosa o la antigua de Campano, esta última permanecía en su salvaje estado natural. Jugábamos en la arena, mis hermanos junto a él nadaban mientras yo, que era muy pequeño, me quedaba en la orilla con mi madre.

Era un hombre que quería y protegía a su familia. No lo recuerdo enfadado, preocupado a veces, cuando volvía en alguna ocasión de comisaría y mis padres conversaban. Nunca pude saber lo que decían, aunque cada vez que pasaba mi madre se levantaba, dándole un beso en la mejilla, mientras le decía: Aquí siempre tendrás a tu familia que te quiere y admira.

Sé que mis hermanos disfrutaron mucho más de mi padre al ser mayores, vivieron los años de gloria y bonanza, bien sabe Dios que me alegro por ellos. A mí esa etapa no me tocó. 

Otro de los fogonazos que avivan la memoria fue en primavera del año 1977, se notaba preocupación en casa. Mis padres salían algunas tardes para ir al médico ya que él se encontraba mal. Ningún especialista dio con el quid de la cuestión. Hasta que un día Evelio Ingunza, amigo y médico, le dijo que sí o sí tenían que operarle. Aún recuerdo el abrazo y el beso que me dio un día mientras me decía: “Hijo, si tú algún día quieres podrás ser policía como lo es tu padre”. 

Ingresó en la prestigiosa Clínica de La Salud, en la gaditana calle Feduchy, allí pasó por quirófano y vieron que tenía un tumor en el colon con metástasis, lo cerraron y lo enviaron a la habitación pues ya no podían hacer nada más por él. Eran otros tiempos y el cáncer no era tan conocido como es ahora ni había pruebas diagnósticas para detectarlo.

Tres meses estuvo mi madre al ladito de mi padre, tres meses de confidencias, de silencios, lágrimas, como cuando fuimos sus hijos a visitarlo al centro hospitalario, tres meses viéndolo como se consumía. Tres meses que mi madre no pisó su casa, nuestras tías Tata y Magdalena nos cuidaban. Ella sabía que era el final y no podía dejar ni un solo minuto al amor de su vida, a su marido. 

A finales de septiembre, ya muy débil y desmejorado, le dijo a mi madre que me inculcara el código de honor que había sido santo y seña en su vida, que me regalara ese coche de policía que tenía reservado para mi cumpleaños, que guardo como oro en paño, y si quería ser policía, era el único de los cuatro hijos que veía con aptitudes, a pesar de que era muy niño, recorriera Roma con Santiago para conseguir que lo fuera. En los primeros días de octubre del año 1977 moría en Paz con Dios.

Desde entonces, tenía siete años, me he ocupado y preocupado por conocer a mi padre en su faceta familiar como hijo, hermano, marido, padre, así como en la profesional, como el policía que llegó al cuerpo tras ver frustrada su vocación de marino y que desde el mismo día que jurara el cargo fue un servidor público extraordinario que tenía la obligación de mantener la ley y el orden, pero no por eso quitar el humanismo que le caracterizó en su vida. No hizo daño a nadie. Que sea la Justicia quién juzgue y condene decía. Él no estaba para eso sino para investigar, obtener pruebas, conseguir la confesión del autor de los hechos mediante las palabras, nunca ni un mal gesto.

Mi padre vivió en primera persona la Guerra Civil, como también lo hiciera mi suegro Fernando, y ninguno de los dos, lo he muchas veces con Hetepheres, hablaban nada de la misma. Pienso que tanto mi padre como Fernando Benítez Carrasco, se conocieron, pues el itinerario vital de ambos coincidió en más de una ocasión. Quiero pensar que en ese balcón que existe en el cielo han visto como sus hijos menores se casaron el primer día de septiembre de 2007.

En mi casa se miró para adelante como en la inmensa mayoría de los hogares de España. Eso en definitiva es bueno porque el que mira al frente mantiene viva la esperanza, quién solo se dedica a mirar el pasado, con sus sufrimientos e injusticias, solo hace que se le endurezca el corazón.

Con los años, mi madre me fue contando cosas, yo veía fotografías antiguas, documentos de mi padre, algunos escritos de puño y letra, anotaba en mi mente los recuerdos de sus hermanos, especialmente de mi tío Jesús, que tanto se quisieron, del que guardo un especial cariño junto a mi tía Mercedes.

De algún compañero de mi padre que ya mayor me iba adentrando en su labor policial, cualquier persona que en un encuentro fortuito me decían cuanto bueno había hecho. 

Al igual que él, pasé de la niñez a mis asuntos, como dice la canción de Raphael “Volveré a nacer”. La vida tras su marcha no fue fácil, ni por asomo, ni económica ni emocionalmente. Mis hermanos se hundieron en la desesperación, mi madre en una honda tristeza. Aun así, ella, todos los días intentaba animarnos porque no quedaba otra que salir hacia adelante.

Recuerdo que en los años siguientes compartí estudios con algún que otro trabajillo, a pesar de no haber cumplido siquiera los catorce años, más tarde en el campo, que con muchos esfuerzos compraron mis padres, tenía que compaginar el instituto, con labores agrarias, ya que había que llevar algún dinerillo a casa, y preparar oposiciones en toda España. Años que vez de destruirme me curtieron.

Una vez tuve un diario, era un cuaderno normal y corriente, y en él apuntaba no tanto lo que hacía sino lo que soñaba algún día poder llegar a ser. Si todo hubiera sido distinto me hubiera encantado ingresar en el cuerpo diplomático, pienso que es mi vocación frustrada, así como también policía. Los dos se quedaron en eterno barbecho pues ni la situación económica lo permitía y tampoco la familiar. Al final dejé de escribir en ese diario de sueños rotos porque tenía que enfrentarme con todas mis fuerzas a la que era mi propia realidad. 

Gracias a Dios mi madre inculcó, y de qué manera, el código de honor que llevó como mejor bandera mi padre en su vida. Este ha sido junto a la Fe mi salvoconducto para seguir siempre adelante.

Al final conseguí aprobar una de la decena de oposiciones que me presentaba en el año 1998. Lo hice en el Ayuntamiento de San Fernando del cual soy funcionario de carrera, por el momento en excedencia.

Dios me regaló conocer a una mujer extraordinaria, que me supera en todos los sentidos, como es Hetepheres. Nos casamos el 1 de septiembre de 2007. Con el tiempo mi relación con la Policía se fue diluyendo porque ningún compañero de mi padre vivía ya. Tenía en mente escribir un libro para dedicárselo al cuerpo y por tanto a mi padre. La verdad es que no me atrevía a hacerlo, no me salían las palabras, de tantos sentimientos y recuerdos que estaban metidos a presión en la memoria del alma. Fueron dos personas las que me dieron el necesario toque de atención: Manuel Cortés, Oficial de la Policía Nacional y Guía Canino que presta servicio en Madrid, así como Luis Rodríguez Rodríguez, Comisario de Policía retirado, escritor, querido amigo y consejero personal. Dos queridos, admirados y buenos amigos a los que siempre les agradeceré me dieran el empujón que tanto necesitaba.

Al final se hizo realidad “de corazón azul”, una obra literaria dedicada a la Policía Nacional, que está prologada el ilustre periodista jerezano, Ángel Revaliente Domínguez, verdadero hermano que es de las pocas personas que me conoce tal cual soy, contando con el epílogo de Pablo Ruano Moreno, Policía Nacional y admirado amigo. Contó con la extraordinaria y exclusiva edición de mi buen hermano José M. Espigado Espejo.

Y esta humilde obra literaria que solo tiene la pretensión de homenajear a todos los policías, tengan el escalafón que tengan, a sus familias, así como a todos los que quieren a nuestro bicentenario cuerpo ha servido para reencontrarme con la Policía Nacional, con quienes la conforman. He vuelto a sentirme en casa, dentro de la gran familia que tenemos el corazón de color azul. Esa parte de mi familia que quedó ausente tras la muerte de los compañeros de mi padre ahora vuelve a ser una feliz realidad. Desde aquí quiero dar las gracias a mi querido amigo el comisario Luis Rodríguez por sus sabios consejos, por abrirme las puertas de la Policía que para un hijo del cuerpo le sabe a hogar. Gracias también por presentarnos al comisario principal Santos Bernal Uceda, que ha ostentado la Jefatura de la Comisaría Provincial de Cádiz hasta el 29 de octubre que pasó a situación de retiro. Santos Bernal es una verdadera institución dentro del Cuerpo de la Policía Nacional y es un honor podernos contar entre sus amigos.

Gracias también a David Pérez, conocido como “Blue”, a Jesús López Ponce, Andrés Bragado, Pablo Ruano, Javi, Melania y tantos policías en activo que me enseñan a diario lo que es llevar sangre azul Policía Nacional.

También dar las gracias a dos policías retirados que siempre llevo en la memoria y el corazón como son Manel González y Diego Barragan. 

Y por supuesto no puedo ni quiero olvidar a Francisco Rivero García “Paquito” (q.e.p.d.)  porque gracia a su testimonio de vida y obras he llegado a conocer su vocación y el amor que sentía por el Cuerpo de la Policía Nacional del que será por siempre su eterna sonrisa.

Mi respeto también para Don Valeriano Mesa Herreruela, padre de Stilita Mesa y abuelo de Stilita Mosteiro.

Cuando asistimos a un acto, cuando nos reciben, cuando conozco a miembros de la Policía Nacional, cuando escribo algún artículo, comparto noticias, siempre me acuerdo de mi padre, es una forma, pienso que muy bonita, de honrar su memoria, de que todo cuanto hizo y transmitió no se pierda en la densa neblina del olvido.

En mi escritorio, que es la mesa que había en el Penal del Puerto, lo que hoy es el Monasterio de la Victoria en El Puerto de Santa María, donde los policías allí destinados recibían a los presos, entre ellos el célebre Eleuterio Sánchez “El Lute”, escribo a diario tanto los artículos que semanalmente se publican como las ideas del que será, si Dios lo quiere, el próximo libro que todavía no sé cuándo será una realidad.

Al final en este dominical artículo para Sal Televisión he desnudado mi alma y os puedo asegurar que para este juntaletras ha sido muy difícil, también agotador, el ir poniendo negro sobre blanco los recuerdos de la vida y obras de mi padre, así como mi propio itinerario existencial.

Pablo Ruano, en el epílogo del libro “de corazón azul” ha dejado escrito: “El policía de verdad, el de raza, es al que por muchos envites que le dé la profesión, que no son pocos, sigue adelante con ganas de ayudar al ciudadano que lo requiera, ponerle su mejor cara y dar lo mejor de él mismo aun sin conocerlo absolutamente de nada”.

Era una obligación moral escribir este libro, así como también dedicarle este artículo a Juan José Rodríguez Román que fue Policía hasta la hora de expirar.

Jesús Rodríguez Arias