Recuerdo, últimamente se hacen muy presentes los ayeres, que hice la Primera Comunión en la Iglesia Vaticana y Castrense de San Francisco de Asís de San Fernando porque el colegio donde estudiaba, la Academia O’Dogherty, en la calle Real 110, pertenecía a la feligresía. Academia que además del equipo docente estaba dirigida por Doña Concha y Tany O’Dogherty, dos grandes matemáticas que si me retrotraigo a los años de mi niñez las recuerdo muy rectas y serias, aunque ahora, con el devenir del tiempo transcurrido cuando hace años las saludé en mi memoria guardo dos damas, de gran señorío, y exquisita educación.
Siento decir que no recuerdo el nombre mi catequista, pero si del que fuera párroco de la Iglesia de San Francisco: El padre Lisardo González Reinoso, muy conocido en esta parroquia ya estuvo al frente de la misma en diversos mandatos.
El que me conoce sabe que soy grande de cuerpo y si ahora a los cincuenta y cinco años cumplidos mido 1,93 cm cuando tenía nueve o diez años también era bastante alto. Mi madre, con demasiados esfuerzos, me había comprado un vestido de marinero en Almacenes Blanco, en la céntrica calle Rosario, cuyo edificio albergó muchos años atrás una tienda de ropa que regentaba mi abuelo Antonio.
Cuando quedaba poco más o menos de un mes para la ceremonia en la que recibiría el Cuerpo y la Sangre de Cristo por vez primera al Padre Lisardo no se le ocurrió otra idea que decirme que no podía ir de marinero pues el que él tenía en la Iglesia era mucho más bajito que yo y la gente se iba a creer que también hacía la comunión. ¡Tajantemente prohibido ir de marinero!
Mi madre, señora de gran categoría, calló cuando se lo dije. El rictus serio lo decía todo. Llamó a mi tía Tata y le dijo. Tenemos que devolver el traje del niño porque no se lo puede poner, le comentó la explicación que me dio a mí el párroco, y comprarle algo que le pueda servir a la criatura.
¿Por qué no dejan al niño ir de marinero, Maruchi? Le preguntó Tata. La contestación seca y tajante cortó la conversación: “Las cosas del padre Lisardo, que es un puñetero”. Al final fui totalmente de blanco, camisa de la época con grandes cuellos, pantalón acampanado, calcetines blancos y unos zapatitos del mismo color. Enteramente me parecía a uno de los “Chunguitos” o un figurante de “Autopista hacia el Cielo”.
La ceremonia muy bonita, no había fotógrafos profesionales instaurados como ahora, nos impusieron una crucecita de madera y cada uno para casa después de haber repartido los recordatorios. Antes las primeras comuniones se celebraban en el hogar. En la mía fue un almuerzo familiar al que asistieron mi madre, hermanos, mis tías Tata, Magdalena y mi tía Antonia con mis primas Lourdes y Mariqui. Como único lujo una tarta encargada en La Victoria de merengue y chocolate de relleno. Después nos llevaron para dar un paseo por El Puerto de Santa María y fin de la historia. Era un día importante por lo que se había recibido, porque la familia almorzaba y disfrutaba junta. Los regalos no eran lo importante, aunque siempre agradecidos. Algunos juguetes, un bolígrafo blanco, o el billete de veinte duros que me regaló mi tía Magdalena y que mi madre cogió para administrarlo ella. Otros celebraban un almuerzo en familia en un restaurante y poco más donde asistían la familia más directa y algunos compromisos ineludibles.
Ahora, y que me perdonen todos, es un despropósito. Ahora hay que conocer con más de un año de antelación para reservar sitio en un local o restaurante. Preparan un menú como si de una boda fuera, tartas de diversos tipos, chucherías, hinchables e incluso algunos llevan hasta un grupo para cantar. Ahora parece que se da más importancia a las formas, a lo social, a los regalos, que a la esencia misma de lo que es la Primera Comunión.
Familias unidas y otras separadas, toda vistiendo los mayores lujos, los trajes si son de niñas parecen de novias, pero en plan pequeño, de los niños existen una gran variedad, pero ahora gusta más ir de almirante que de simple marinero. Hay que pedir préstamos para hacer frente tan grandes gastos, todo es cuando más grande y caro mucho mejor. Lo más en estos momentos son las carrozas de cuentos de hadas que parecen llevar a la cenicienta que a una niña que hace la primera comunión. En mi opinión desvirtúa el fondo de la celebración además de ser una horterada de no te menees.
Es tanto lo que ahora se prepara para celebrar la primera comunión que hace que existan diferencias entre los que pueden soportar este gasto desmesurado y los que no. Una vez una señora estaba con unas amigas en la puerta de una conocida franquicia de comida rápida. Dentro niños jugando pues ya habían terminado de comer sus hamburguesas. Uno de ellos era su hijo que había hecho la comunión. Ella lloraba porque no había podido darle más ya que no tenía dinero. En cambio, para el chiquillo fue el mejor día de su vida pues disfrutó de una comida que le gustaba mucho con sus amigos y después jugaron hasta que les dio la gana. A ese niño seguro que no se le olvida su Primera Comunión.
Jesús Rodríguez Arias


