Quiero dedicar el último artículo de este curso a mi primo hermano Juan Carlos Rodríguez Valverde porque creo que es una ocasión muy bonita de poder escribir de esta parte de mi familia a la que tanto quiero.
No hemos crecido juntos ni hasta hace escasamente dos semanas hemos tenido una relación muy cercana. Por la parte que me toca lo achaco a que mi padre Juan José murió cuando yo era muy niño y mi madre se aisló un poco del mundo dedicándose en cuerpo y alma en sacar adelante a las cuatro criaturas que se habían quedados huérfanos de la figura paterna y con la carestía económica de una pensión de un policía a finales de los años setenta. No fue fácil, lo digo con conocimiento de causa. Lo normal hubiera sido apoyarse también en esta rama de la familia, pero no fue así, aunque, como me dijo mi madre en más de una ocasión, mi padre y mi tío Jesús eran uña y carne. Se querían a rabiar.
Me pasó un poco con la relación con la policía pues salvo los primeros años en los que había un trato cercano con los compañeros de mi padre, incluso se celebraban dos cenas, una en julio y otra en agosto, en el campo que tenían mis padres cerca de Campano donde la premisa era que mi madre no comprara nada, salvo las servilletas, y ellos se encargaban de bebidas y condumio. Recuerdo esos momentos como si los estuviera viviendo cuando escribo este artículo para Sal Televisión. Cuando estos compañeros fueron envejeciendo y muriendo también se rompió la relación directa que teníamos con el cuerpo del que éramos hijos.
Con otras líneas de mi familia paterna había algo de más trato, pero no con la que desde mi niñez recordaba con inmenso cariño, con la Familia Rodríguez-Valverde.
Al cabo de los años me volví a encontrar con mi primo Carlos en el Ayuntamiento de San Fernando donde él ejercía su profesión como Policía Local y yo casi acaba de ingresar tras superar una más que complicada oposición. Me dio mucha alegría y además sabía que lo tenía cerca siempre.
Reconozco que siempre he sido un poco la oveja negra en mi familia ya que mientras en la misma se hablaba de grandezas, de las honorables responsabilidades que unos y otros habían ostentado, de quiénes éramos en San Fernando, yo prefería la sencillez y la humildad. La misma de mi padre, según me comentaban sus compañeros, la misma de mis tíos Jesús y Mercedes, así como también la misma de mi abuelo materno Félix Arias Baltar que fue querido por todos sin excepción.
Y cuando esta “oveja negra” se casó con Hetepheres Benítez Collantes hace dieciocho años y se instaló en Jerez de la Frontera se puede decir que se alejó de lo que había sido su vida familiar y social en San Fernando, aunque a su madre, gracias a la generosidad de su mujer, no le faltó nunca de nada. Estas cosas hay que decirlas en honor a la verdad. Sólo quedó conectado con la vida laboral en el Ayuntamiento de su ciudad de origen manteniendo lazos con su primo Carlos. Tras acogerse, hace cinco años, a una excedencia por interés particular y se instalaron en Villaluenga del Rosario se puede decir que se rompió casi toda relación con la ciudad que le vio abrir los ojos. Su única conexión fue en las colaboraciones en medios locales.
Hace nueve meses para acá y tras una dolorosa circunstancia sobrevenida que hizo que nos cambiara al cien por cien la vida, mientras escribía lo que ha sido mi último libro “de corazón azul” que está dedicado a la Policía Nacional incluí dentro del mismo un capítulo en que rendía justo tributo a la Policía Local y por media de ella a mi primo Juan Carlos Rodríguez Valverde.
El pasado 23 de junio, en el que se presentó el libro en el Centro de Congresos de San Fernando, nos volvimos a reencontrar y ya para siempre. Dios nos ha dado una preciosa oportunidad de conocernos tal cual somos, los dos en la madurez de la vida, curtidos en mil batallas, algunas veces superando lo insuperable, otras veces curándonos las heridas, pero siempre caminando hacia adelante. Pienso que nada ocurre al azar, no voy a cuestionar, porque no me corresponde hacerlo, a nuestros mayores por no permitirnos crecer en familia, y este reencuentro con mi primo Carlos, así como esta rama tan querida de mi Familia Rodríguez-Valverde, ocurre en el momento más apropiado, porque Dios así lo ha dispuesto.
Es verdad que no podemos recuperar el tiempo que ha pasado, pero sí podemos vivir lo que nos resta de camino y eso siempre es de agradecer. A los cincuenta y cinco años bien cumplidos me he vuelto a reencontrar con esta parte de mi familia a la que siempre he querido, aunque fuera desde la distancia, a lo mejor porque coincidíamos en el modo y manera de entender lo que es esta vida.
Mi primo Carlos Rodríguez Valverde ha sido un excepcional miembro de la Policía Local de San Fernando, ejerciendo desde el honor, todos los servicios que ha tenido entre manos y desde que fuera alcalde José Loaiza, después con Patricia Cavada, hasta su jubilación, como conductor y escolta de Alcaldía-Presidencia. Hombre querido y respetado en todo el Ayuntamiento, en la Ciudad de la que es originario. Hombre afable, de expresiva sonrisa, bueno y de honor porque lo lleva en la sangre. Gran apasionado del Flamenco, virtuoso de la guitarra, que ha acompañado a grandes como Aguilar de Vejer. Hoy he estado visionando un vídeo de una actuación de ambos y a pesar de la calidad de la imagen se transmite su Amor por el Arte Flamenco. Más orgullo, si cabe, siento por su persona.
Primo, tenemos mucho por delante que compartir y junto a ti el resto de tu familia que es la mía. Te admiro y quiero profundamente.
Gracias a Sal Televisión por darme la oportunidad de expresar mi libre opinión y abrir el alma en la tribuna que semanalmente dispongo en este medio de comunicación tan necesario. Pienso que es una forma muy bonita de terminar este curso tan intenso en todos los sentidos. Si Dios así lo quiere nos volveremos a encontrar pasado verano para seguir escribiendo de lo que pasa, así como de cuantas cosas bonitas ocurren a diario y que por lo mismo algunas veces no le echamos ni cuenta.
¡Feliz verano!
Jesús Rodríguez Arias


