Apareció en nuestras vidas como lo hacen las cosas bonitas: De improviso.
Estábamos en el pequeño pueblo de la Cantabria interior, en Loma Somera, Real Valle de Valderredible. Hacía tiempo que veíamos como una preciosa gata no se iba del lado donde estaba el leñero. Al poco vimos como unos gatitos recién nacidos estaban escondidos en los troncos protegidos del frío, de las inclemencias del tiempo, y los depredadores. La gata, a la que le pusimos el nombre de mamaíta, no dejaba de rondar a sus pequeñuelos mientras nos pedía comida. Nuestra sorpresa fue cuando llegó Félix, un precioso felino blanco y negro que era el único que viviendo en la calle estaba gordo, y que ejercía de casanova, junto a otro llamado “el montés”, dejando descendencia por todos los rincones de tan bello y único lugar.
Félix y Mamaíta, se subieron al alféizar de la ventana mientras se hacían carantoñas. La primera vez que veía estas muestras de afectos entre gatos. De ahí dedujimos que los pequeñines eran hijos de esta entrañable pareja gatuna.
Tres años consecutivos hemos pasado temporadas en Cantabria, durante ese tiempo nos dio lugar a conocer al inefable Félix. Gato simpático, risueño, muy cariñoso y charlatán, como es propio en los felinos denominados tuxedo. Estos son inteligentes, amigables, muy activos. Les gusta comunicarse con sus dueños a través de vocalizaciones, disfrutan de la interacción con personas y otros animales, curiosos y cariñosos por igual.
En Loma Somera, que tenía fama de macho alfa, se sorprendieron muchísimo la cercanía y confianza que tenía conmigo. Se dormía plácidamente en mi mano, me acompañaba cuando escribía e incluso si íbamos dando un paseo y nos lo encontrábamos por alguna pista en medio del monte se venía junto a nosotros charlando con sus miaus tan sonoros y graciosos. En cambio “mamaíta” era una gata atigrada, con rasgos felinos muy bonitos, buena y paciente.
Del golfete de Félix y de la paciente Mamaíta nacieron cuatro gatitos, hace ahora un año, que se movían, a duras penas entre los troncos del leñero. Había dos negritos que se veían muy tímidos, uno negro y blanco, como su padre, y otro, algo torpecillo, blanco y gris con unos impresionantes ojos. Este último, he de confesaros, que me cautivó desde que lo viera una tarde-noche de mucho frío y viento mientras me miraba asomado entre la leña y su madre vigilaba de cerca.
Un día, que ya se atrevían a bajar, con más miedo que otra cosa, lo cogió Hetepheres para que lo viera y así darle un poquito de leche. Según me describió y pude comprobar con mis propios ojos, el tal Pelusa era más el “gato del exorcista” más que un lindo, esponjoso y pequeño felino. Las manos se las dejó arañadas y tras tomar un poquito de leche, la dejamos donde estaban sus hermanos, aunque envuelto en una toalla que nos protegiera de finas y diminutas uñas. Pensamos que es natural que actuase así ya que lo habíamos sacado de su zona de confort, como se dice ahora, y se sentía verdaderamente indefenso.
Iban pasando los días y el tiempo se volvía cada vez más crudo con fina lluvia, viento fuerte, heladas. El gris del cielo, envuelto en nubes, nos acompañaba de la mañana a la noche, el silencio era total solo roto los caballos hispanos bretones que iban a beber a las fuentes, el rebuzno de los burros, el ladrido de Zoquete, un precioso mastín español, mientras guardaba el ganado o el discurrir del agua por el arroyuco que atraviesa Loma Somera.
A final de noviembre tuvimos que marchar a Villaluenga del Rosario porque había asuntos que teníamos que atender. Estuvimos en tierras gaditanas una semana más o menos. Cuando volvimos nos reencontramos con el mismo paisaje bucólico del norte de España y con el frío.
Con tristeza vimos que la familia gatuna se había marchado al haberlo hecho nosotros. Teníamos la esperanza de que volvieran en cuanto supieran de nuestro regreso. Al día siguiente Félix nos esperaba en el alféizar de la ventana de la casa, como si nada, aunque no venía acompañado por mamaíta y sus pequeñuelos. Era el miércoles 4 de diciembre de 2024.
El jueves cinco, Hetepheres recibió una llamada de nuestra quería amiga y vecina Carmen que le dijo que por favor fuera por donde vive Fidel Ángel que allí hay unos gatitos que se encuentran mal, que se lo ha dicho Fernando, el alcalde de Valderredible y pedáneo de Loma Somera. Que tanto ella como Juanma estaban ese día en Reinosa.
Dicho y hecho. Hetepheres se trasladó al lugar indicado, frente a donde estábamos viviendo, con algo de comida y leche. Allí estaban el gatito negro y blanco y el que nosotros llamábamos Pelusa. El primero salió corriendo, escondiéndose en cualquier lugar, el segundo, que se veía algo desconcertado, no podía ni subir el escalón. Lo cogió en su mano y se lo llevó a casa. Estaba aterido, chorreando, tenía miedo, pero se lo aguantaba. Era muy chiquitito, una bolita de pelo blanco y gris con uno ojazos impresionantes.
Llevaba unos días con mi crisis digestiva la cual me hace estar más de lo que quisiera en la cama. Vi entrar a Hetepheres en el dormitorio, encendiendo la luz, con una enorme sonrisa, en su mano un gatito muy pequeñín que identifiqué como Pelusa. Me lo puso sobre mi pecho y me dejó con él pues tenía cosas en el fuego. De pronto nos vimos cara a cara. Él mirándome con sus grandes y dulces ojos mientras yo hacía lo mismo por medio de los cristales de las gafas que llevo desde los catorce años. De pronto, se yergue, y comienza a gatear hacia mí, hacia mi cara, llega hasta la nariz y mete su cabecita en uno de los orificios. Me vuelve a mirar, cierra los ojos con calidez y cariño mientras un ensordecedor ronroneo salía de su diminuto cuerpecito. Desde ese instante ese ser me hizo su todo.
Por la tarde, del día en el que llegó este gatito a nuestras vidas, nos llamó Carmen para interesarse por él. Hetepheres le contó y le envió fotografías. Quedaron al día siguiente después iríamos al veterinario en Aguilar de Campoo (Palencia).
Lo dejamos en la cocina arropadito ya que tenía un poco de miedo de Fernanda y Enriqueta, aunque en verdad no sé cuál de los tres estaba más asustado. Llegó el martes y nos fuimos a comprar algo de comida para nuestra pelusa ya que de perro teníamos alimentación, pero de gatos para nada. Salimos algo tarde y entre una cosa y otra llegamos a eso de las tres a casa, el tiempo de comer e irnos pues habíamos quedado en la consulta a las cinco.
Nuestra intención era darle algo de leche, comer nosotros, y salir que a las cuatro y media que nos recogerían en la puerta de casa. ¡¡Ilusos de nosotros!!
El diminuto gato no aparecía por ningún lado, lo buscamos por todas las habitaciones, rincones, debajo de los muebles. Hacía frío, pero nosotros sudábamos tela marinera. Carmen y Juanma nos estaban esperando en el coche y el paciente no aparecía por ningún sitio. Hasta que nos dimos cuenta de que detrás del inodoro hay un hueco y allí estaba él…
Lo “rescatamos” y nos fuimos sin haber probado comida alguna. Gracias a Dios llegamos en tiempo y hora a la cita médica. El veterinario nos dijo que era muy pequeño, que a lo sumo había nacido a mitad de octubre, que todavía era tan chico que no se le distinguía si era macho o hembra. Hetepheres muy risueña le dijo que si era machote se llamaría Pelayo y si era hembra, Manuela.
Pelayo se quedó…
Después nos fuimos a un bar a tomar algo porque el hambre azuzaba. Carmen lo llevaba cogido entre sus brazos. Nos sentamos y mientras disfrutábamos de un pincho de tortilla, Carmen con la espontaneidad que le es característica me dijo: Tu Félix se coge a mi chica y no veas… Es un Don Juan. La mesa que estaba a mi lado me miró pensando en lo que normalmente se imagina en estas situaciones. Fue una tarde-noche para el recuerdo.
Desde ese día nos ha acompañado cada día de nuestras vidas. En el mes de diciembre y los primeros diez días de enero de vez en cuando lo acercábamos a casa de Juanma y Carmen para que estuvieran con los que ya considerábamos eran sus “abuelos”.
Y Pelayo fue creciendo, poquito a poco, comiendo los sobres que les regalaban Mari Carmen y Juanma. Bebiendo leche, acostumbrándose a la presencia de Enriqueta, que tenía un excepcional espíritu maternal, y Fernanda. Llegó un momento que los cinco veíamos la televisión en el sofá de la casa de Loma Somera mientras el frío, la lluvia e incluso la nieve se hacían presentes afuera de los sólidos muros de piedra.
Cuando llegamos a La Atalaya, nuestra casa en Villaluenga del Rosario (Cádiz), temimos que no se acostumbrara ni al clima, mucho más rudo es el del norte, ni a la casa en cuestión al ser más grande y ciertamente laberíntica. No fue el caso al siguiente día se la conocía de cabo a rabo, nos dimos cuenta de que ya se había hecho dueño y señor…
Ha ido creciendo, pero en mi mente está por siempre ese pequeño gatito que nada más llegar a nuestras vidas metió su cabecita en mi nariz. Desde entonces me acompaña donde estoy, es paciente, bueno, de felina belleza como su madre, simpático, locuaz y charlatán como su padre Félix.
La noche en la que nuestra Enriqueta se puso muy malita, se bajó de la cama y se puso junto a ella en el colchón en el que dormía. No durmió en toda la noche, lo puedo asegurar porque nosotros tampoco lo hicimos. Quiso acompañarla en sus momentos más malos y cuando se fue lamió su hocico. Ya nuestra noble perrita no volvería más, esa misma mañana murió junto a su veterinario y todo el personal de la Clínica de la Barriada España en Jerez de la Frontera que veló hasta el último minuto por su salud.
Cuando llegó Hetepheres sin Enriqueta, Fernanda se puso muy triste, pero Pelayo también. Menos mal que dos o tres semanas después vino Colmillo, nuestro jubilado de la Guardia Civil, y él lo revolucionó todo. Fernanda se hizo a su presencia enseguida, a Pelayo le costó unos diez días hasta que pensó que se normalizaba la situación o viviría apartado de la familia. En cuanto menos lo esperábamos ya estaba jugando con su rabo y como nuestro spingle spanish es bondad absoluta pues enseguida se encariñaron.
El invierno pasado, por circunstancias, no pudimos encender la chimenea, hace unos días que lo hemos hecho de nuevo y Pelayo ha descubierto lo que es ese calorcito y cuando tenemos la leña ardiendo se queda en su cama plácidamente dormido.
Si os digo la verdad no sé cómo sería mi existencia sin este pequeño milagrito de Dios que llegó a nuestras vidas por casualidad. No se despega de mi lado, cuando me acuesto se sube a mi pecho, me hace carantoñas, ronronea, se duerme plácidamente y cuando se cansa se va libremente tal y como es él. Si por algo me encuentra preocupado e incluso triste enseguida me coge la mano para que juguemos juntos, me ha sacado una sonrisa cuando creía que no se dibujaría más en mi cara. Es un ser tan especial…
Le gusta estar en el patio, en verano jugar con Facunda, una pequeña lagartija que aquí ha nacido. En invierno, como buen cántabro no rehúye ni el frío ni la lluvia, aunque esté mejor al calorcito de la chimenea. Cuando duerme lo hace plácidamente, le gusta comer si yo me quedo a su lado, nos defiende, de ahí su espíritu felino, de cualquier bicho que se pueda colar. Es silencioso, simpático, conmigo muy cariñoso, con los demás no tanto.
Además, ha sacado una cualidad que lo hace igual a su padre, es charlatán. Cuando está en el patio y me asomo a la ventana me maúlla, yo le contesto, emite maullidos cortos y con otro timbre, al poco lo tengo detrás mía. Reconozco que estas “conversaciones” son para mí más interesantes que hablar con muchas personas que no aportan nada, te apagan toda la energía y aburren hasta decir basta porque lo que prevalecen son sus respectivos egos que, a mí, personalmente, esto último me los trae al pairo.
Debe ser curioso vernos: Yo, casi dos metros de estatura, grande de cuerpo, y Pelayo tan pequeñito siempre a mi lado, bajando o subiendo las escaleras, sentado en el sillón que está junto al escritorio o encima de la mesa de este.
La vida en nuestra casa es curiosa pues tenemos a tres seres únicos, buenos, irrepetibles y es que la vida con Fernanda, Colmillo y Pelayo es muy divertida, sorprendente, feliz.
Al final nos hemos traído lo mejor de Loma Somera: Pelayo, nuestro gatito cántabro, y la buena amistad con Mari Carmen y Juanma a los que queremos de verdad y que tanto nos enseñan, tanto hemos compartido y seguimos compartiendo además quieren con locura a este gatito tan especial que en una mañana fría del pasado mes de diciembre Dios nos regaló en ese pequeño pueblo, al que llevamos en el corazón, del Real Valle de Valderredible (Cantabria).
Jesús Rodríguez Arias


