Durante la segunda mitad de mayo y preferentemente en junio se vive en España una cantidad exagerada de graduaciones porque el concepto de fiesta de fin de curso ya ha pasado a la historia.
Antes, que me perdonen las generaciones más jóvenes, era todo un poco más normal. Cuando finalizábamos el curso y se pasaba a otro e incluso terminabas un ciclo educativo y pasabas a uno superior no había lo que ahora llaman graduaciones. En la fiesta de fin de curso se daba los correspondientes diplomas que acreditaban que habían superado el ciclo y poco más.
Ahora, he sido testigo de lo que escribo, todo el mundo se gradúa. Desde los pequeños que están en las guardarías, los niños que van pasando de curso tanto en infantil como primaria, así también como los que hacen bachillerato. Veo normal, por ejemplo, aquellos estudiantes que superado este último hagan una especie de ceremonia de graduación pues es el paso previo a la Prueba de Acceso a la Universidad (PAU) y posterior carrera universitaria pues comienzan una nueva vida, la suya propia.
Y cuando finalizan los estudios universitarios sí es lógico que se realice una graduación con la solemnidad que debe tener estos tipos de actos académicos.
Lo que nos pasa es que la sociedad se ha americanizado y todo lo que viene de Estados Unidos se acopla en nuestras vidas sustituyendo lo que era típico en nuestra cultura, en lo nuestro. Los americanos si son mucho de graduaciones y eso se refleja en las películas que vemos en la televisión.
Ya no se dice eso de que voy a la fiesta de fin de curso, parece que el término ha quedado demodé. Ahora todo son graduaciones y allí se ven los infantes, niños, niñas y jóvenes muy arregladitos todos porque pasan de curso o en los casos más lógicos emprenden nuevos estudios de nivel superior.
No es raro ver a chiquillos ataviados con becas y con el birrete que se ven en las graduaciones americanas hechos de cartulina mientras las madres, padres, abuelos, emocionados perdidos, no paran de jalear a la criatura y un mar de móviles hacen fotos y vídeos de tan importante momento.
Una vez me encontré con una señora, amiga de la familia, que iba un poco apresurada porque se graduaba la niña. Le preguntamos quién era y nos dijo con total desparpajo: “Mi Adara, que tiene cuatro años y pasa a segundo ciclo de infantil”.
Por supuesto las madres, padres, abuelos, titos y poco más se habrán tragado con total entrega y entusiasmo las actuaciones preparadas por los alumnos del colegio. Todos aplauden a todos con frenesí que se para cuando la emoción les embarga cuando divisan al niño o la niña entre el grupo actuante. Finaliza el acto con la correspondiente graduación y un picoteo con música incluida.
Será que no tenemos hijos, pero a mí estos actos me aburren sobremanera. He ido, ya transitando por la madurez, a uno o dos en mi vida y la verdad es que menos en lo que estaba pasando encima del escenario me fijaba en todo lo demás. La verdad es que se convierte en un interesante estudio sociológico todo lo que rodea a una fiesta de fin de curso, ahora graduación.
Pues nada aparte de que la calor ya se va instaurando y el sol vuelve a alumbrar os deseo que disfrutéis de las graduaciones que tengáis que asistir que son una pechá.
De los viajes que hacen los niños por el fin de curso hablamos otro día, así como de la semanita que se pasan en los pueblos donde la mayoría y sobre todo por la noche, cuando se hacen extraordinarias actividades, se convierten en pequeñas bestias corriendo y vociferando por las tranquilas y hasta entonces silenciosas calles con el correspondiente permiso del Ayuntamiento.
Jesús Rodríguez Arias


