Mis recuerdos de la Semana Santa son recuerdos con olores y sabores, con momentos en la intimidad del hogar, de ir a la mercería a recoger el capirote de cartón o comprar los guantes que siempre eran nuevos porque los anteriores se perdían y aparecían cuando ya no hacían falta.
Olor a incienso, que desde que empezara la Cuaresma perfumaba la casa, olor a pan frito de esas buenas torrijas caseras con vino o leche para después enmelarlas, a guisos de chocos, fideos con caballas, croquetas de cremosa bechamel sin tropezones, buñuelos de bacalao en los días grandes o los coquis que eran unos pequeños cucuruchos de fino barquillo y merengue que los mismos que los vendían hacían en sus casas o el caramelo del penitente que sabía igual fuera de un color u otro así como los inigualables roscos de La Victoria y El Arqueño. En Cádiz eran, me imagino que lo seguirán siendo, las almendras garrapiñadas y las arropías que eran caramelos en forma de tiras muy largas, rosas y blancas, formando una trenza. Estaba normalmente confeccionado con miel y azúcar. Solía venderse por las calles.
En Cuaresma además de los cultos de cada Hermandad, ayudar a esta en lo que cada uno podía, hacer el pertinente ayuno y abstinencia, rezar más o por lo menos intentarlo, asistir los viernes a los penitenciales vía+crucis, aparte de besamanos, besapiés, algún concierto de marcha o escucharlas en el cassette que le regalara mi tía Magdalena a mi hermano Juan José. Marchas clásicas como Amargura, Virgen del Valle, Rocío, Mater Mea, Nuestro Padre Jesús, algunas de Agripino Lozano y más tarde las de mi querido y admirado Pepe Ribera.
Cada vez que metíamos la cinta rezábamos un Padrenuestro para que no se liara porque en estos casos había que sacarla con destreza de los cabezales y enrollarlas con un bolígrafo. Siempre quedaba un trocito deteriorado con lo cual la marcha perdía calidad por donde se había enrollado la cinta.
En mi casa del Carmen siempre ha habido alguna que otra túnica colgada y planchada esperando su correspondiente salida penitencial. Mi abuelo Antonio y mi padre Juan José fueron del Nazareno, mi abuelo materno, Félix de Vera+Cruz, mi hermano de las dos mencionadas y yo que siempre he sido un poco la oveja negra en ninguna de las dos ya que lo soy de Afligidos, este mes de mayo cumplo cuarenta años, Caridad, Medinaceli, Expiración entre otras. Llegué a revestirme con la túnica de Afligidos, hasta hace ahora diez años que por razones de salud no pude salir de penitente nunca más, así como en mi querida Hermandad de la Caridad. Sé lo que es vivir en carne propia el transitar el devoto cortejo procesional que llevan la Caridad y Salvación a todos tanto en siete revueltas, la Albina y subir por Comedias.
Con posterioridad, hace más de veintidós años, ingresé en la Esperanza Macarena de Sevilla, también lo soy de la Cofradía de la Sagrada Pasión de Valladolid, Vera+Cruz de Cádiz y mi querida Hermandad de la Redención Salesiana de Jerez de la Frontera que después de La Isla es mi segundo hogar. De Villaluenga del Rosario no pertenezco ni a la asociación de Jesús Nazareno, la Hermandad se extinguió hace tiempo y como tal no consta en la diócesis de Asidonia-Jerez, así como tampoco a la Asociación Parroquial de la Virgen del Rosario por las razones que todos sabéis y que no pienso reiterar cuando estoy escribiendo recuerdos tan bonitos.
Siempre he sido alto por lo cual cuando era joven salía el último ya que antes no era tan frecuente ir por antigüedad. Os reconozco que para mí salir de penitente o nazareno suponía un gran sacrificio pues la túnica me impedía dar mi zancada normal, el antifaz hacía que me empañaran las lentes de las gafas, el vetusto capirote de cartón, cuando llevabas unas horas, se clavaba inmisericorde en las sienes produciéndote un leve dolor de cabeza que podía ir a más, las paradas eran terroríficas pues destrozaban los riñones y el cansancio iba a más. Por supuesto ni hablaba con nadie ni tomaba un simple caramelo ni agua. Es que salir de penitente es para hacer penitencia no para charlar con los amiguetes que están en la acera, ponerse morado de chucherías o roscos, volverte sin parar, dar cera líquida de tu cirio al niño con la bolita.
Reconozco que cuando mejor iba, ya entrando en la madurez, era con una cruz a cuesta y descalzo, aunque te clavaras todas las piedrecitas de la calle, las pipas que tiran por donde pasa el cortejo o incluso sufrir algún corte por un pequeño cristal roto que apenas se distinguía hasta que lo tenías clavado en el pie.
La salida penitencial que recuerdo con más emoción fue en dos mil catorce, con Los Estudiantes de La Isla. Lunes Santo vivido con sentimientos a flor de piel, recogida con las lágrimas cayéndome por el rostro que, gracias a Dios, estaba cubierto con el antifaz. A la semana siguiente entraría en el quirófano en la Clínica Quirón San Camilo hoy Complejo Hospitalario Ruber Juan Bravo en Madrid. Esa fue la última vez que me he revestido con mi hábito nazareno y dándole gracias a Dios de haberlo podido hacer.
La Semana Santa que recuerdo y todavía vivo es la de la religiosidad popular, el que integra uno de los apostolados más importantes de la Iglesia como es el que desarrollan las Hermandades y Cofradías. Puedo decir que he pertenecido y pertenezco a muchos otros carismas, pero al final el que tira más es el cofrade porque lo soy desde antes de nacer.
Semana Santa de marchas procesionales, saetas, de fe vivida en multitud, de Misa del Domingo de Ramos, Oficios, Vigilia Pascual o la dominical Misa de Resurrección. Semana Santa de rezar el rosario mientras procesiona, de visitas al Santísimo, de reencontrarte con tus hermanos de siempre, de vivir en plenitud tú día que son todos los días que dura la misma. Semana Santa mirando al cielo por si llueve o hace demasiado viento, de terrazas y bares llenos, de comercios vendiendo a base de bien, de protocolaria carrera oficial, de esquina cofradiera, de recogidas, de lágrimas en los ojos recordando a los que ya no están o pidiendo por eso que solo saben Jesús y María. Semana Santa también en los medios de comunicación pues ha sido un honor compartir tres Lunes Santos con Sal Televisión.
Y Semana Santa vivida desde la fe recia de otros apostolados y carismas, así como esos que viajan porque no les gusta o vaya usted a saber.
Algún día, cuando así Dios lo quiera, tengo que volver por Burgos e inscribirme en la Real Hermandad de la Sangre del Cristo de Burgos y Ntra. Sra. de los Dolores. Allí, bajo la mirada de tan impresionante crucificado, un lluvioso y frío día del mes de noviembre del pasado año volví a encontrar la Fe que tenía perdida hacía demasiado tiempo.
Con este artículo, tan intimista, me despido hasta el jueves veinticuatro de abril, donde me volveré a reencontrar con todos vosotros en esta privilegiada tribuna que me ofrece Sal Televisión.
Feliz y Santa Semana.
Jesús Rodríguez Arias


